Mi yo del pasado pisaría por primera vez un país sin precedentes. Grecia, y sobre todo Atenas, respira cultura, historia y tradición. Sus calles te atrapan y te acorralan con ese tono grisáceo, taciturno, poco europeo. Su gente, social y peculiar a partes iguales, te mira de reojo, detectándote rápido como un forastero. No obstante, su amabilidad es total y su interés, nulo. Atenas es histórica, entre otras cosas, por ser la cuna de la democracia, pero a día de hoy la realidad es otra. Como si de un rostro se tratase, su mente sería la acropolis, un lugar fortificado y reservado para los dioses; sus ojos serían la mirada de cualquier ciudadano intentando sobrevivir ante tanta complejidad; mientras que su boca sería ese arte urbano que da color a la ciudad y que esconde una potente manifestación contra la represión politicosocial.
El erasmus era la oportunidad perfecta para resarcirme, para decirme a mí mismo que podía hacerlo. Era una oportunidad única para crecer, para conocerme, para detectar miedos, afrontarlos y superarlos. Era una especie de carrera contrarreloj que, a veces, se transformaba en una carrera de relevos. Esos relevos eran mis amigos, quienes me daban un respiro cuando lo necesitaba. Sin ellos, ningún crecimiento personal hubiese sido posible.
De hecho, no hay día en el que no piense en todo lo que me ha dejado el erasmus. El país, su comida, su cultura, su carisma...todo muy poético. Sin embargo, mis recuerdos, muy a mi pesar, se acercan a lo aciago, pues saber que no hay marcha atrás me machaca por dentro. A ti, Nestor, que siempre te he envidiado por tu capacidad de liderazgo y tu infinita bondad: gracias por esas míticas batallas de rap; a vosotros, Raul y Olatz, con quienes siempre conecté y de quienes aprendí el significado de la palabra amistad: gracias por vuestra transparencia; a ti, Bea, que siempre me mostraste un camino de vida alternativo: gracias por fijarte en mí; a vosotras, Meri y Acano, con quienes disfruté muchísimo sin esperar nada a cambio: gracias por las noches en vela; a ti, Delia, con quien más discutía pero a quien más apreciaba: gracias por tu sinceridad; a ti, Ana, con quien más me reía sin motivo alguno: gracias por tu inagotable sonrisa; a ti, Jota, con quién siempre aprendí: gracias por tu altruismo; y a ti, Leys, a quien admiraba en secreto por tus fuertes ideales: gracias por preocuparte tanto por mí.
Párrafo a parte para David, cuya esencia le describe mejor que cualquier otro adjetivo posible; para Defru, cuya humildad añoro desde que le di la mano por última vez; para Carlota, cuya autenticidad conectó conmigo para siempre; para Luci, quien empezó como una compañera y terminó como una hermana; y para Carmen, por supuesto, para quien no tengo palabras porque, con orgullo, las he agotado todas.
Tras siete meses de jolgorio, soledad, viajes y fiesta, tuvo que aparecer una pandemia para poner fin a la mejor etapa de mi vida. A día de hoy no sé si logré mi objetivo. De hecho, no sé si las metas que me marqué fueron las apropiadas. Lo que sí sé es que callé, escuché y aprendí un poco de todos, pues de eso va la vida. Conoce, investiga y quédate con lo que puedas. Mientras tanto, yo seguiré descubriéndome a mí mismo, aunque esta vez sin la ayuda del erasmus. Una ayuda especial e inolvidable a la que intenté recurrir el máximo de veces posible. Una ayuda de la que me siento afortunado y con la que todavía sueño. Una ayuda que se ha convertido en miedo. Y es que temo no volver a ese estado de felicidad, no volver a vivir tanto, no bajar nunca de las nubes. Son miedos efímeros los que siento, además de inevitables. Pero, aunque me duela reconocerlo, lo pasado queda escrito en una página que no regresará. Una página a la que acudo en busca de respuestas pero a la que no le puedo reprochar nada. El erasmus no volverá, pero porque nunca se fue.


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